Reportaje
Juan Iván Salomón

Érase una vez un hombre radicado en hermoso país donde sus conciudadanos lo  eligieron presidente tras haberles prometido  con singular elocuencia salvarlos de la miseria expropiando las inmensas fortunas de los más ricos y repartiendo el dinero entre los más pobres.

Había ofrecido mejorar la seguridad pública y en vez de ello incrementóse la violencia; creció también el desempleo, y la población se vio  azotada por implacable pandemia.

En medio de la crisis, el presidente de marras optó por responsabilizar de estos males, con flamígero discurso, a los anteriores gobiernos. Se lanzaba con inusitada furia, cual Júpiter tonante, contra quienes osaran cuestionar sus decisiones.

Era el único ciudadano sin usar cubre-boca para protegerse del letal virus que diezmaba inclemente a la población. Escasearon las vacunas y medicamentos. Hubo desabasto de alimentos  al no producir lo suficiente el campo, pues nadie necesitaba trabajar porque todos recibían puntualmente el dinero regalado a manos llenas por el populista gobierno para seducir al pueblo y mantener el poder con apoyo de las armas, del congreso y del supremo tribunal. Por decreto eliminó los organismos autónomos y prohibió la prensa independiente para no enfrentar contrapesos. Las manifestaciones de protesta fueron declaradas ilegales.

Para presumir su idílico país ante los ojos del mundo, anunció haber controlado la pandemia y ordenó el retorno de millones de niños a las escuelas para recibir clases presenciales. Abrió las oficinas públicas, las fábricas, los comercios grandes y pequeños, las plazas y los parques. Por disposición  presidencial no había peligro de contagio.

Desde su púlpito del palacio soltaba largas arengas a diario y obligaba a la multitud a escuchar durante horas y horas su delirante y demagógico mensaje. Arremetía con virulentos ataques contra Estados Unidos aunque en realidad  ansiaba granjearse la simpatía y el respaldo de esta poderosa nación.

En su febril afán protagónico y como faro del extranjero  y oscuridad de su pueblo, decidió por sí y ante sí, enviar abundante ayuda económica a Cuba, Nicaragua, Venezuela y otros países. Las arcas públicas se fueron vaciando a vertiginosa velocidad.

En sus soporíferas peroratas repetía solemne:

 --“No pretendo reelegirme pero si la gente lo pide, gustoso acepto seguir en el poder el tiempo necesario para garantizar el progreso. Estoy consciente de ser el único político honesto, incorruptible y capaz de gobernar al país”.

 Cuando sus amigos le preguntaban por qué no usaba cubre-bocas, respondía convencido y entrecerrando los ojos:

 --¡Dios me protege! ¡Soy invulnerable!

En vez de perseguir y castigar a los grandes grupos criminales, les suplicaba públicamente:

 --Pórtense bien, señores, entreguen las armas y por favor no cometan más delitos. Es por el bien de todos –expresaba en tono patético mientras rítmicamente bailaba  y cantaba exaltado:

--Agárrense de las manos/Todos somos hermanos…

Se comparaba con héroes como Madero y Juárez y cuando se aburrió le dio por imitar a Simón Bolívar, Gandhi y otros personajes de la historia.

Sin poder disimular su arrogancia y megalomanía exigió la desaparición de la OEA porque no servía para nada y propuso crear un nuevo organismo internacional. Se ofreció solemne para presidirlo él mismo.

También insinuaba sotto voce a sus íntimos encontrarse listo para dirigir la ONU y recibir el Premio Nobel de la Paz. ¿Por qué no?

En el colmo de su mesianismo acusó a sus adversarios de pretender crucificarlo como en su tiempo a Jesucristo  por defender a los pobres. “Soy como el Redentor, no podrán contra mí. Quien no me apoya, se declara en mi contra” –pontificaba dirigiendo extasiado su penetrante mirada al infinito.

Estalló la crisis por la cuantiosa fuga de capitales y la disminución de la inversión privada interna y externa. Escasearon los alimentos y se desataron el hambre, las enfermedades, los robos en casas y saqueos en mercados y pequeñas tiendas. La gente estaba desesperada por la penuria.

Para distraer a los ciudadanos el obnubilado gobernante organizaba consultas preguntándoles si deseaban continuar siendo pobres o ser ricos, si lo apoyaban o no, si tenían aspiraciones mundanas o querían irse derechito al cielo cuando murieran de hambre.

Sorprendieron sus más recientes propuestas de consultas:

--Preguntaremos al pueblo si está de acuerdo en impartir justicia solo a los pobres… o también a los ricos.

--Y si están de acuerdo en implantar la pena de muerte para los enemigos del régimen –gritaba a voz en cuello desde su púlpito presidencial para rematar extasiado:

--Porque mis adversarios políticos  inventan mentiras para perjudicarme. Este pueblo vive en jauja…

Y colorín colorado, este cuento no ha acabado.