CUENTOS, MITOS Y TRADICIONES
Juan Iván Salomón

A propósito de los dimes y diretes entre los Yunes de Veracruz y el gobernador Cuitláhuac García por el carnaval, del cual  el “Pollo” Luis Antonio Pérez Fraga acaba de anunciar que se celebrará en junio del próximo año por la pandemia, la Yaretzi recuerda nostálgica que en 2018, antes del coronavirus,  fuimos al carnaval más grande del mundo, el de Río de Janeiro. Gastamos todos nuestros ahorritos y empeñamos hasta el alma para poder ir. Quedamos en la vil inopia y aún no liquidamos varios de los préstamos contratados para pagar el viaje. En Brasil se divierte la gente a lo salvaje. Al que se descuida pueden robarle todo y dejarlo literalmente con una mano adelante y la otra atrás.

Pues bien, hágase o no el de Veracruz, recomendamos no asistir. Nosotros no iremos al carnaval ni a la concentración por el informe de AMLO en el Zócalo de CDMEX, tampoco a las peregrinaciones guadalupanas. Cuídense también de las reuniones familiares en navidad y año nuevo y de las compras masivas por Día de Reyes. La cuarta oleada del Covid-19 viene  con fuerza letal. Las nuevas variantes del coronavirus penden sobre el mundo cual espada de Damocles. El Covid es peligroso.

Ahora, emulando al genial Catón, entérense de este evento de la vida real sucedido hace años:

Un prominente político dijo a su esposa:

--Mañana salgo de gira con el gobernador. Regreso el lunes.

No había ni celular ni internet. Estaría prácticamente incomunicado, porque la gira sería por la sierra. Era febrero o marzo. Se celebraba el carnaval.

El desfile de carros alegóricos y comparsas estaba en su apogeo. Alegres amigos convivían cerveza en mano, disfrazados con máscaras y antifaces para no ser identificados por el vulgo, acompañados de simpáticas y guapas muchachas.

Al aproximarse un vistoso carro alegórico, uno de los amigos pegó a otro con el codo en las costillas y señaló:

--Compadre, esa güera  está requete buena. ¡Qué piernotas! Baila muy sensual, con gusto la llevaría a la cama.

El compadre se acercó al camión, clavó la vista en las piernas de la dama  que bailaba al ritmo de bullanguera canción de Yuri, “Con el apagón/Qué cosas suceden…” a todo volumen. Brinco y trepó en el vehículo. Había reconocido el tatuaje en la pierna izquierda de la hermosa mujer. Le arrancó violentamente la máscara que le cubría el rostro y confirmó su sospecha.

--Perra, ¿qué haces aquí? Debías estar en casa, como toda esposa decente –bufó rabioso.

--¡De qué te espantas, idiota, sé de tus infidelidades! Un amigo tuyo me  cuenta todo. Me dijo que iban a estar aquí. La gira terminó hace horas –gritó la dama en medio de ensordecedora música.

La jaloneó y a grandes zancadas la arrastró hasta el automóvil.

La mujer gritaba a voz en cuello:

--Mi querido esposo se enojó porque vine a divertirme al carnaval. ¡Adivinen quién es este pendejo!

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